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martes, 10 de noviembre de 2009

Gritos atrincherados

Yo dibujé en un balcón a la golondrina, yo le pedí que se quedara…

Yo la llamé por su nombre y ella me reconoció, yo fui gorrión de sus tardes solitarias… y le pedí que se quedara, pero ella se marchó.
Yo regalé mis manos, las vendí, las até, las perdí, desde ese entonces ¿dónde están?… y murmuré su nombre y lo ahogué con mis dedos en una pecera de plata. Yo vaticiné que para el azar hay que tener suerte, y para ganar coraje… ¿qué es lo que me faltó?
Yo absorbí de la calle las mentiras, las reinventé y las entregué como la llave sagrada… yo te pedí que te quedaras… pero no hubo caso, con la primavera echaste a volar. Eras una golondrina de otoños.
Yo hice de la alquimia abuso para escaparle a la realidad y he perdido hasta mis huellas. Ahora me juzgan los cristales de mi pecho, ya no hay azules, todo es opaco… ¿acaso fuimos vencidos?, ¿acaso soy el derrotado? otra vez vuelvo a sentirme frágil, intercambiable.

-Y no sonrías, que para hacer de “malos” basta con el tiempo. ¡No sonrías te he dicho! No seas malcriada. ¡Basta, basta! No quiero escucharte más. ¡Que no entendés! estás jugando una carta demasiado peligrosa, estás jugando conmigo, no te rías… no te vayas.-

-Está bien, si, está bien… tú lo haz querido así, desde ahora somos enemigos. Pelearé por vos y contra vos… y contra todos. Bravos son los que nunca aflojan. Y esto: esto no será más que un duelo de maldecidos-.

viernes, 14 de agosto de 2009

Dos minutos después… nada

No recuerdo ahora cuando fue la última vez que recibí uno de esos sacudones que ponen toda mi estructura de pensamiento en un estado de alerta. No recuerdo bien ese golpe de impacto, dado en medio de la nuca, para el cual es inevitable un cambio; y no de forma, sino de fondo.
Suelo pensar que estar libre de ellos es buen augurio, o como quien dice “señal de que las cosas marchan bien”, pero hay veces, y nose si es que mi cabecita sea enmarañada y siempre me salga con algo raro, en que siento que su ausencia es como un contra impacto, pero con un mismo efecto: la terrible duda sobre uno mismo y la necesidad de dar un vuelco con ciertas rutinas desgastantes.

Lo primero que pienso en estos casos es:” ¿Por donde empiezo?” Y llamo a un amigo para tomar una cerveza.
Al día siguiente estoy parado en el mismo lugar “¿por donde empiezo?” y con mi amigo bebimos mas de la cuenta, salimos de jarana y mi estado a las 11 de la mañana es deplorable.
Una vez que resuelvo esta primera duda (siempre empiezo por lo más a mano, y creo que esto es un mal social), se suceden otras: ¿Adonde quiero llegar? ¿Es necesario pasar por esto? Maldito el día que elegí ser Contador ¿Quién me mando?, y otras tantas cuestiones que lo hacen a uno lo que es, o lo que se anima a ser.
Es claro, al menos para mí, que todas las dudas tienen respuestas, aunque yo a veces deje algunas inciertas por cuestiones de tiempo o, sencillamente, por que me gusta quedarme siempre un pasito debajo de la certeza y jugar a ser y no ser algo.

Ahora bien, cuando el desequilibrio no viene en un golpe seco y contundente, sino que se va manifestando suavemente en nuestra piel, en nuestro aliento, en nuestras voces, de manera casi imperceptible, es ahí cuando realmente hace daño. Y es ese tipo de golpe que nos tiene bien calado, puesto que sabe donde nos va a abofetear.
Es en ese entonces cuando la estructura de cartón, que tan solida parecía, comienza a tambalearse y da por caer al suelo, o es arrastrada rio abajo por una fuerte corriente de llanto. Y se renuevan las dudas con más y más frecuencia, como más y más violencia, con más y más intensidad, con menos respuestas.
Y pienso nuevamente “¿Por donde empiezo?” y ya no llamo a mi amigo, por que me reconozco ahogado y no tengo ganas de verlo, y sin embargo bebo como un condenado para esquivar a la maldita razón que me acecha, que me cuestiona, que me rebaja, que me inutiliza. Y bebo una copa tras otra hasta caerme desmayado sobre la cama (único modo de conciliar el sueño).

Aunque hay veces, sobre todo en el despabile de la mañana siguiente, en que le digo al oído, suavemente, como contándole un secreto, “¿no será mejor dejar que el cambio suceda y ya?”
Algunas horas después, retomo mi pensamiento con la botella de ginebra en la mano, la cara agria y desterrada; y tres años reservados para cumplir la condena que me impondrán en el juicio de mis actos deshonestos.

Solo dos veces sentí el cálido roce de la luna en mi cuello; y las dos veces sonreí… Dos minutos después de la borrachera… nada recuerdo de mis tiempos felices.

lunes, 10 de agosto de 2009

Sublevación

Gobernado por rastros de relaciones frustradas e inútiles. Ahogado por el simple pretexto de no tener una solida razón para no arrancarme de un tirón las venas. Para no desángrame, para no vaciarme en la bañera desnuda de mi departamento. Para no asustar a papi y mami con mis complejos enroques y mis malas jugadas. Con mis achaques de gente sensible, con mi basura sentimental (dirían los idiotas), con mi razón galopante. Así me encontraba yo, en medio de la turba enfurecida de mis pensamientos desperdigados por todos los rincones de mi cabeza; y así vivía.
Sonaba el teléfono y atendía. Un editor, un maldito de una editorial cualquiera ofreciéndome una nueva edición de mi última novela. Enseñándome los beneficios de trabajar con ellos. Ofreciéndome cifras mas altas y mas arrastradas que las anteriores.
Colgaba con la sensación de estar arrojando diamantes a los cerdos; pero no me importaba, necesitaba el dinero. Todos necesitamos el dinero. Todos queremos poseer.
Volvía a mi vida, a las migajas de vida que tenía. Era famoso, mi nombre aparecería en letras grandes y de colores en todas las librerías del país, en todos los puestos de las ferias. Todos querían leer las notas prohibidas de un autor brillante. De un enfermo silencioso, de las ultimas gotas del desangre.
Y juraba a dioses distantes y fríos dejar mis adicciones, pero todo era en vano, me consumía y los vicios me mantenían vivo. Pasaba noches enteras tirado desnudo en la sala de mi departamento, rodeado de alcohol, drogas, putas sin nombres, amigos de vidrio, frágil e intercambiable.
El éxito se le subió a la cabeza – Decían algunos.
Que poco sabían sus pobres mentes de mí. Cuan lejos estaba yo de concebir mi propio éxito, cuan lejos estaba yo de asumir mi prestigio literario. Solo vivía, perdido y sin fuerzas, en una ciudad plagada de paredes de concreto interminables. En un encierro que pocos podrían entender.
Buscando aquel refugio que me mantuviera alejado del constante ir y venir de muecas vacías, de los adornos sin sentido, de los adulones que pululan por doquier. Buscaba el resguardo de un rio fluyendo, de la naturaleza de unas manos pálidas que me acobijaran del frío de la negra nostalgia. De esta falta de valor, de este no poder quitarme con una simple detonación la vida. Buscaba un refugio que me protegiera de lo que me habían enseñado a amar.
Me habían enseñado a amar lo frágil, lo insignificante. Me habían enseñado a odiarte. Me obligaban a odiarte; y yo solo podía amarte, no sabía hacer otra cosa.
Buscaba el resguardo del incienso, ese narcótico que me mantuviera a raya, que me hiciera de repente olvidarte. Pero no pude hacerlo; y lo deje todo. Arranqué las puertas de los muebles, rasgué con mis uñas las paredes del infierno que había sido mi casa todos esos años; y salí. Corrí, desesperado y aullando como una bestia. Absorbiendo a mí paso las almas más oscuras, los pensamientos mas errados, las bagatelas de una noche desnuda y asquerosa.
Y huí sin resguardo, huí para buscarte; y te sigo buscando ahora, voy corriendo a tu encuentro. Se que en algún lugar me esperas.

domingo, 26 de julio de 2009

Resignación (Conversación entre un alma libre y una moral colectivista)

Un sábado como cualquier otro, o no tanto, puesto que eran las 10 de la mañana, Leo se despierta en su departamento de Barrio Norte y enciende su computadora. Aburrido, comienza a buscar en páginas de internet espacios destinados al arte y la literatura, hasta que se topa con uno de esos lugares a los que se le hace inevitable querer entrar. Entonces entra entusiasmado, y pasados 30 minutos desde su ingreso; y al tiempo de dejar un comentario debajo del texto publicado, ocurre la siguiente discusión:

Moral colectivista (comentario) - No he leído todo lo que has publicado, pero me ha gustado mucho leerte, al menos en parte. Seguiré leyendo mas tarde, pues ahora tengo que cumplir otros compromisos.
Alma - ¿Qué?, ¿Qué dices? Por que voy a seguir mas tarde, si me gusta lo que estoy haciendo ahora. Quiero seguir leyendo las publicaciones, pues son muy lindas; y me atrapan y me arrastran por un pasillo oscuro. El pasillo que va directo a la antesala de un alma como la mía quizá. Como la de ella también, que llevo meses hurgándola. Un alma nueva que se una a nosotros en nuestro camino de emancipación.
Moral – Pero quedaste que a las 11 ibas a verlo a Pepe y son las 10:40.
Alma – Al demonio con Pepe. Encima me tuve que levantar temprano. Mejor sigo leyendo.
Moral – No, no está bien lo que queres hacer. Vas a desilusionar a Pepe. Él te está esperando. Le prometiste acompañarlo a comprarse una guitarra.
Alma – Puede ir solo, está bastante grandecito. Lo llamo y cancelo. No le miento. Le digo que me cruce con el retazo de un alma abierta y que quiero hurgar sus senderos. Quiero caminarlos, hacerme tierra con ellos. De todos modos, no lo entenderá.
Moral – Pepe es un buen amigo. Solo te fallo dos veces.
Alma – Jaja (risa irónica). Si es un buen amigo lo comprenderá.
Moral – Vamos, no seas egoísta. En la vida hay que ser civilizado y sacrificarse por los demás. “…Todos para uno y uno para todos…”
Alma - ¿Y cuando voy a ser el “uno” en la historia? Siempre me toca ser el “para todos”.
Moral – No empieces con tus reproches. Ya estas grande, tenes 26 años.
Alma – Uy no, empezó la hora de la pavada. No me vengas con estupideces. Llevo 6 años resignando mi vida a la de mis amigos / novias de turno, sometiéndola a ellos, ¿Por que hoy no puedo hacer lo que quiero?, ¿que me lo impide?
Moral – Mmm. No saltes con cosas raras.
Alma – No te hagas la boluda y contéstame. Sabes bien que no estoy hablando cosas raras. No me hagas quedar como una estúpida. Ya no me trago esos versos.
Moral – Bueno, Pepe te espera y mientras discutís conmigo se pasa la hora.
Alma – Si, se pasa la hora; es cierto, y todavía no me has dejado continuar con la lectura. Necesito paz. Ándate a dormir, después hablamos.
Moral – ¡No! Vamos a ir a buscar a Pepe.
Alma – Al demonio con Pepe. Me tenes harta. Sos una mentirosa, obsecuente e insidiosa. Tu único propósito es hacerme sentir culpa para que vaya a ver al estúpido de Pepe, quién en su vida haría algún sacrificio por nadie. Que lo va a hacer, si es un idiota.
Moral – No hables así de tus amigos. Ves que sos una mala persona. Una egoísta, egocéntrica, individualista, carroñera. Yo no soy la que te hace sentir culpa. La culpa la sentís vos por tu propia consciencia negra.
Alma – ¡Oh Cuanta diferencia hay entre la consciencia y la moral! Son la misma porquería.
Moral – Vamos a buscar a Pepe y punto.
Alma –No, yo voy a seguir leyendo…

Ring – Ring (suena un timbre)

Leo – Hola Pepe, ¿como estas?
Pepe - ¿Qué haces Leo? Llegaste a horario, buenísimo. Espérame un rato que ya bajo y vamos a comprar mi guitarra.
Leo – Ok, apúrate que tengo frio.
Pepe – Uh hace frio, espera que busque alguna campera entonces.

Leo piensa:
“…Estamos en invierno, lo lógico es que este frío el viento. Encima lo tengo que esperar. No entiendo a veces por que todavía le hablo. ¿Será que temo quedarme sin amigos?, ¿Y si me voy? Ya estoy acá, ya vine, ahora hay que bancársela…”

Pepe piensa:
“… ¿Que campera me pongo?...” Es inútil, Pepe no piensa.

(Adentro de Leo):
Alma – Siempre te salís con la tuya. ¿Cuando van a cambiar las cosas? Ya no lo soporto más.
Moral – Vamos, Vamos, no seas tan trágica. El compañerismo es lo esencial, la camaradería. Todas las demás satisfacciones se tienen que sacrificar por él, que es el máximo nivel de belleza y bondad social. Ya se te va a pasar ese capricho individualista.
Alma – ¿Quién determino los parámetros de los que hablas con tanta seguridad? No me importa, ya no quiero discutir contigo. Encima hace frio, siento que la piel se hiela. Decididamente Pepe es un estúpido. Para que pidió que llegásemos a las 11 en punto, si no pensaba estar listo para salir.
Moral – Ya te dije que no debes hablar así de tus amigos.
Alma – Al diablo contigo y con todos.
Moral – Individualista empedernida. ¡Que equivocada estás!

La Moral colectivista masculla palabras, habla entre dientes:
“…Que egoísta es esta alma, se cree muy superior a los demás. Es una pobre ingenua. Y la muy tonta y altanera ahí anda por la vida manejándose con caprichitos y ocurrencias poco practicas. Menos mal que siempre me salgo con la mía. Siempre convenzo a Leo de hacer lo que yo dicto. Él es sumiso y obediente a mis dictados por suerte…”

El alma piensa silenciosa
“…Que frio, como me gustaría estar tomando chocolate caliente en casa, leyendo las publicaciones de esa chica que no conozco, pero que puede ser un alma sensible, un alma de las nuestras. Como me puse al comenzar a leer sus párrafos, me estremecí, vibré, corrí, reí y lloré. Podría decirse que era un alma satisfecha. Y me veo ahora, aunque no quiero mirarme, adentro de este cuerpo helado, tiritando, esperando a alguien que no me importa, a alguien que no merece siquiera que lo espere dos minutos; y ya llevo 15. ¿Hasta cuando seré capaz de soportar esto?, ¿Vas a despertar algún día? A vos te hablo Leo, no te haga el tonto, no es necesario. Se que aun podes oírme…”

Los canibales

En las afueras de una aldea, más allá del barranco, sobre el rio de hielo; corría un borrego despavorido. Huía parece de la muerte, que con espadas sangrientas reclamaba su presencia. Todos estaban muertos, las cárceles abarrotadas de hierros, las chozas incendiadas, los lobos sueltos, casando a mansalva.

El niño huía. ¿Era el sobreviviente? ¿Era la carnada? Su herida iba dejando rastros, los lobos lo perseguían. ¿Dónde iba?

Nadie sabia de él, pues todos estaban muertos; y una jungla siniestra lo enfrentaba rabiosa. Corría alienado, desesperado, casi muerto; y más vivo que nadie, puesto que estaba solo. Él era la fruta, él era la salvación. ¿La salvación de que? Si ya no había nada, no quedaba pasado más que su recuerdo borroso, que se iba extinguiendo con la agonía.

El niño desaparecía y aparecía entre la espesura del bosque, corría. De pronto lo absorbía la tierra y lo devolvía enteramente vivo. Lo camuflaba y protegía del miedo, de los lobos hambrientos que lo perseguían.

Su madre muerta, su hermano, su padre, su tribu, todos muertos. Canibalismo salvaje, guerra de guerras. Crueles fieras, crueles almas asesinas, tan turbias como el infierno.
Y el niño huía inevitablemente hacia una trampa. Su propia trampa.

De pronto se detuvo, una luz lo alzo entre los matorrales, expulso su pecho al Divino, todo fue estruendo y grito. Nadie veía, los caníbales lobos quedaron ciegos, tan ciegos como sordos y tan sordos como muertos. ¿Había sido Dios? Dios no existía.
El niño huía sin pensar, y en su huída creyó estar muriendo, pero no se detuvo, corrió como si lo siguiese la muerte, corrió hasta lo enfermo.

Una vez que la luz desapareció, despertó. Sus ojos dieron el vuelco.
La aldea estaba a salvo, pero sintió el aroma del cierzo. Salió de su choza, corrió al bosque de los sueños, caníbales lobos preparaban el espectro; y con un grito de infiernos alertó a los guerreros.
Tomó su espada. El niño ya no era niño, era el rey guerrero. Alzó su mano al cielo y aulló, corrieron con él miles de perros sedientos. Los lobos retrocedieron.

“Caníbal te has enfrentado a tu propio veneno” - Gritó. Y con sus manos desangradas corrió, desenfrenado corrió y enterró la espada en el pecho del Dios enemigo. Gritó con la fuerza del viento, los lobos temblaron y enloquecieron; y murieron todos de miedo.

Soltó la espada y en su abismo murió con el pecho quieto. Nadie osó detenerlo. Caminó sin espantarse hasta el silencioso mar de los muertos.

sábado, 25 de julio de 2009

Aldeas de humo

Veo una luz. ¿Será ese el camino? ¿Hacia donde me dirijo? En la oscuridad todo es rastro, todo son huellas borrosas.

No recuerdo bien el bosque. Esto es un Ciprés, lo se por su aroma. Más allá está el rio, siento como las olas se cruzan de un lado a otro en un baile estival, susurraran deliciosas al paso. También escucho un zumbido, como si fuese una sierra podando vidas. Veo colores, todos oscuros. Todos oscuros y necios. No se si estoy perdido. ¿Hacia donde me dirijo? ¿Hacia donde me llevan? ¿Por qué voy solo?

Camino dando tumbos, pues me tropiezo con las raíces que emergen de la madre tierra. ¿Que me reclama el silencio? reclama auxilios. Yo apenas si oigo, quiero huir. Quiero salir de este bosque rojo tenebroso. De sangre herida y derramada. ¿Donde me lleva el camino?
Veo la bruma sobre una senda que no piso, que no camino. Estoy resuelto a esconderme del miedo. Sigo, como si fuera a salir algún día.

Sobre las rocas encuentro la paz, y duermo, a veces sueño, algo a veces también recuerdo; pero pocos minutos, luego vuelvo a caminar desierto, neurasténico.
Me calmo, escucho en silencio al ruido de tumbas que es la intolerancia, la soberbia y el sin razón de los necios. ¿Hasta cuando para mi esto? Como si fuera un eje del que pende el mundo sigo, ¿Hasta cuando?

Las sombras me alejan del humo. El rio me llama. En secreto voy a él con el alma; pero mi cuerpo se resiste a seguirme, y ambos permanecemos quietos. Espero que la bruma pase, y sigo. Todo es oscuro. El sol está alto, tan alto que ni la luz nos deja. Y en el escalón de la duda tropiezo. Todo en la oscuridad es engaño, las formas no son ciertas, los hechos son habitables, pero no sinceros. En la oscuridad todo es sigilo.

Apoyo el hombro en mi cabeza como si fuera a dormir. Y la rama más alta del naranjo me regala alimentos. Es una ave recién cazada, sus causes todavía desbordan la sangre. Veo, tristemente, que iba a ser madre, pero el hambre se apodera de mí y nada me da culpa. Devoro cómo un animal sanguinario hasta su último bocado, me relamo y escupo los huesos. Siento que el pecho pide agua, pero no puedo ir al rio. Las olas me tienen por enemigo y quieren llevarme lejos. No puedo ir al rio. Quiero huir de esta selva, que de momentos es inhabitable. ¿Cuál camino he de tomar? ¿Hacia donde me dirijo?

Camino sin rumbos, como si estuviera perdido, pero no lo estoy. No tengo claro hacia donde me dirijo. Como el barco que a la deriva marcha sin saber donde encallar, sin saber si morir o vivir para morir luego en altamar, navego y navego.

Voy enderezando el vaso por que el agua que se derrama es mucha y todavía nadie ha bebido. Voy caminando la senda de lo desconocido, pero me parece haber visto el paisaje antes, en algún retrato. ¿Será que los hechos se repiten? ¿O serán los lugares los que se repiten?
Voy andando por la senda de lo desconocido como si supiera adonde voy. Creo que estoy perdido. Por primera vez, comienzo a sentirme lejos.

¿Y si siguen mis huellas? Me encontraran, quizá sea el momento. ¿Y sí no puedo huir de sus constantes pasos diabólicos? Me perderé nuevamente.
Por eso me he quedado solo: para poder correr y escapar cuando sea necesario. Para salir a enfrentar mis muertos, a todos ellos, que me persiguen y que no soportan verme vivo. Voy a salir a enterrarlos a todos en vida, que es esta y es mía la vida que llevo. Quiero que una corana los resguarde del frio, así no vuelvo a preocuparme por sus deudos.

A un paso del cielo estoy, también a un paso del infierno; y no se cual es el camino que debo tomar. No me importa. Y si me detengo: me resigno y muero en la verde hierba, como si pereciera en un lago negro sin luna al hastío del sol que no me alcanza, que no me alumbra. Si me detengo muero, y si me equivoco jamás viviré. Jamás.

Dios, que no te he querido, que no has sido mío, pero yo si he sido tuyo, como todos esos muertos. Dime Dios ¿Hacia donde me dirijo? ¿Cuál es el camino? No lo sabes, lo sabia.

Y otra vez el silencio enmudeció, los ojos cerraron las ventanas; la luz del alma encendió su eco. Sin desiertos, sin heridas, sin recuerdos, sin odios, ni miradas, el viejo se deshizo de su vida; y más viejo que antes silenció el perdón de todos sus muertos.