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lunes, 5 de octubre de 2009

El toro o la Alondra

Soy la cicatriz abierta en el lado diestro del tiempo. Soy lo que va de las seis a las doce, y apenas si recuerdo cuan plateado puede verse un amanecer. Soy la cicatriz que abraza el costado amarillo del verano, allá por los finales de cualquier marzo.
Me han zurcido como a un muñeco viejo y mis heridas todavía sangran… escupen gárgaras, se ahogan, coagulan y vuelven a sangrar. Pero no importa, ¡que sangren! no pienso vivir demasiado, y sé que algún día daré muerte al amor y la mazmorra.
Ayer soñé que regresabas, que tus ojos topacios me alumbraban desde la puerta, y desperté. A veces quisiera no despertar… ¿para qué despertar? Si en sueños puedo controlar mi vida… si en sueños estás todavía conmigo.

Soy el escorpión que ha envenenado la copa de la que pronto beberá. Sí, beberé el veneno de mi propio cuerpo, pues sé bien que nunca moriré con causa en la ponzoña.
¿Hacia dónde apuntan las cicatrices? Marcan las 18.15 hs de un agosto, de un ocaso en el horizonte y de la noche al oeste… el silencio sugiere que es hora de despertar. Observo mis manos y el sol, el último sol del crepúsculo, realza lo traslucido de las uñas, la luna comienza a asomarse y enciende la luz de mi cuarto oscuro. Que difícil es verse en la oscuridad.
Espero a la noche para salir, no quiero que me vean desangrándome. Salgo del encierro al que me he condenado para verte. Oculto con ropas las huellas de mi miseria, disfrazo con anteojos y barba mi rostro corrompido, y te busco entre todas las caras que deambulan la noche, con insistencia te busco entre alimañas y sombras. Jamás te he visto manejarte en ese ambiente, pero sé que algún día caerás, o vendrás a rescatarme. Confío en eso.

Soy la cicatriz abierta en el lado diestro del tiempo, de mi tiempo, y va siendo hora de dejarlo correr, para que en su corrida lo arrase todo. ¿Seré un toro de San Fermín o una Alondra en vuelo? No lo sé… por lo pronto, mañana amaneceré temprano para ver las primeras luces de un día de resurgimientos.

lunes, 21 de septiembre de 2009

El hombre de paja

Soy el espantapájaros, si… soy “el” por que a diferencia de los demás me he librado de la estaca y puedo espantar a los cuervos que se posan en mis hombros, que picotean sin piedad mis ojos, que quieren verme desangrar. Puedo ahuyentarlos y correr libre por la pradera.
Mis manos esperan yertas ¡son tantos los hechos que el tiempo no borrara!... Ojos abdicados desde lo alto de mi cabeza observan tu rostro ¡cuan lejos estas de mí, cuan lejos!... mis días son un abanico y el viento se cuela entre los dedos de ramaje y papel, todo es permeable en este cuerpo mutilado.
Y ahora camino, pues volar no puedo, aunque todavía no encuentro esa forma ideal camino… no sé en que momento seré la sombra de mí maniquí, no sé en que momento seré por fin uno mismo, ni cual de los dos estados vendrá primero, ¿Hay modo de saberlo? Lo dudo… es tan cruel la ausencia como el auto-engaño.
La luz me golpea justo en la nuca y su calidez escapa rapidamente de mí… es la luna que se despide, me dice adiós o hasta mañana, según lo bien que hayamos pasado la noche… es otra luna, es otra luna, es otra luna que se va…
En cinco minutos regirá el amanecer… el sol traerá a las calles las multitudes, las casas vacías oscilaran al borde del abismo, un niño llorará en los brazos de su niñera y a dos cuadras de mi casa el tren pasará arrojando cuerpos por las ventanillas… pero para ese entonces ya me habré dormido, a favor de la corriente a la cual nunca me interesó molestar.

Soy el espantapájaros, un hombre hecho en paja y bolsas de estopa… Soy el espantapájaros que aun no encuentra su forma ideal (su ser visible)… y que con mascaras disfraza la verdad…

El viento sopla a favor esta vez, ¿será tiempo de echar a volar?

viernes, 14 de agosto de 2009

Dos minutos después… nada

No recuerdo ahora cuando fue la última vez que recibí uno de esos sacudones que ponen toda mi estructura de pensamiento en un estado de alerta. No recuerdo bien ese golpe de impacto, dado en medio de la nuca, para el cual es inevitable un cambio; y no de forma, sino de fondo.
Suelo pensar que estar libre de ellos es buen augurio, o como quien dice “señal de que las cosas marchan bien”, pero hay veces, y nose si es que mi cabecita sea enmarañada y siempre me salga con algo raro, en que siento que su ausencia es como un contra impacto, pero con un mismo efecto: la terrible duda sobre uno mismo y la necesidad de dar un vuelco con ciertas rutinas desgastantes.

Lo primero que pienso en estos casos es:” ¿Por donde empiezo?” Y llamo a un amigo para tomar una cerveza.
Al día siguiente estoy parado en el mismo lugar “¿por donde empiezo?” y con mi amigo bebimos mas de la cuenta, salimos de jarana y mi estado a las 11 de la mañana es deplorable.
Una vez que resuelvo esta primera duda (siempre empiezo por lo más a mano, y creo que esto es un mal social), se suceden otras: ¿Adonde quiero llegar? ¿Es necesario pasar por esto? Maldito el día que elegí ser Contador ¿Quién me mando?, y otras tantas cuestiones que lo hacen a uno lo que es, o lo que se anima a ser.
Es claro, al menos para mí, que todas las dudas tienen respuestas, aunque yo a veces deje algunas inciertas por cuestiones de tiempo o, sencillamente, por que me gusta quedarme siempre un pasito debajo de la certeza y jugar a ser y no ser algo.

Ahora bien, cuando el desequilibrio no viene en un golpe seco y contundente, sino que se va manifestando suavemente en nuestra piel, en nuestro aliento, en nuestras voces, de manera casi imperceptible, es ahí cuando realmente hace daño. Y es ese tipo de golpe que nos tiene bien calado, puesto que sabe donde nos va a abofetear.
Es en ese entonces cuando la estructura de cartón, que tan solida parecía, comienza a tambalearse y da por caer al suelo, o es arrastrada rio abajo por una fuerte corriente de llanto. Y se renuevan las dudas con más y más frecuencia, como más y más violencia, con más y más intensidad, con menos respuestas.
Y pienso nuevamente “¿Por donde empiezo?” y ya no llamo a mi amigo, por que me reconozco ahogado y no tengo ganas de verlo, y sin embargo bebo como un condenado para esquivar a la maldita razón que me acecha, que me cuestiona, que me rebaja, que me inutiliza. Y bebo una copa tras otra hasta caerme desmayado sobre la cama (único modo de conciliar el sueño).

Aunque hay veces, sobre todo en el despabile de la mañana siguiente, en que le digo al oído, suavemente, como contándole un secreto, “¿no será mejor dejar que el cambio suceda y ya?”
Algunas horas después, retomo mi pensamiento con la botella de ginebra en la mano, la cara agria y desterrada; y tres años reservados para cumplir la condena que me impondrán en el juicio de mis actos deshonestos.

Solo dos veces sentí el cálido roce de la luna en mi cuello; y las dos veces sonreí… Dos minutos después de la borrachera… nada recuerdo de mis tiempos felices.

lunes, 10 de agosto de 2009

Sublevación

Gobernado por rastros de relaciones frustradas e inútiles. Ahogado por el simple pretexto de no tener una solida razón para no arrancarme de un tirón las venas. Para no desángrame, para no vaciarme en la bañera desnuda de mi departamento. Para no asustar a papi y mami con mis complejos enroques y mis malas jugadas. Con mis achaques de gente sensible, con mi basura sentimental (dirían los idiotas), con mi razón galopante. Así me encontraba yo, en medio de la turba enfurecida de mis pensamientos desperdigados por todos los rincones de mi cabeza; y así vivía.
Sonaba el teléfono y atendía. Un editor, un maldito de una editorial cualquiera ofreciéndome una nueva edición de mi última novela. Enseñándome los beneficios de trabajar con ellos. Ofreciéndome cifras mas altas y mas arrastradas que las anteriores.
Colgaba con la sensación de estar arrojando diamantes a los cerdos; pero no me importaba, necesitaba el dinero. Todos necesitamos el dinero. Todos queremos poseer.
Volvía a mi vida, a las migajas de vida que tenía. Era famoso, mi nombre aparecería en letras grandes y de colores en todas las librerías del país, en todos los puestos de las ferias. Todos querían leer las notas prohibidas de un autor brillante. De un enfermo silencioso, de las ultimas gotas del desangre.
Y juraba a dioses distantes y fríos dejar mis adicciones, pero todo era en vano, me consumía y los vicios me mantenían vivo. Pasaba noches enteras tirado desnudo en la sala de mi departamento, rodeado de alcohol, drogas, putas sin nombres, amigos de vidrio, frágil e intercambiable.
El éxito se le subió a la cabeza – Decían algunos.
Que poco sabían sus pobres mentes de mí. Cuan lejos estaba yo de concebir mi propio éxito, cuan lejos estaba yo de asumir mi prestigio literario. Solo vivía, perdido y sin fuerzas, en una ciudad plagada de paredes de concreto interminables. En un encierro que pocos podrían entender.
Buscando aquel refugio que me mantuviera alejado del constante ir y venir de muecas vacías, de los adornos sin sentido, de los adulones que pululan por doquier. Buscaba el resguardo de un rio fluyendo, de la naturaleza de unas manos pálidas que me acobijaran del frío de la negra nostalgia. De esta falta de valor, de este no poder quitarme con una simple detonación la vida. Buscaba un refugio que me protegiera de lo que me habían enseñado a amar.
Me habían enseñado a amar lo frágil, lo insignificante. Me habían enseñado a odiarte. Me obligaban a odiarte; y yo solo podía amarte, no sabía hacer otra cosa.
Buscaba el resguardo del incienso, ese narcótico que me mantuviera a raya, que me hiciera de repente olvidarte. Pero no pude hacerlo; y lo deje todo. Arranqué las puertas de los muebles, rasgué con mis uñas las paredes del infierno que había sido mi casa todos esos años; y salí. Corrí, desesperado y aullando como una bestia. Absorbiendo a mí paso las almas más oscuras, los pensamientos mas errados, las bagatelas de una noche desnuda y asquerosa.
Y huí sin resguardo, huí para buscarte; y te sigo buscando ahora, voy corriendo a tu encuentro. Se que en algún lugar me esperas.

domingo, 26 de julio de 2009

Resignación (Conversación entre un alma libre y una moral colectivista)

Un sábado como cualquier otro, o no tanto, puesto que eran las 10 de la mañana, Leo se despierta en su departamento de Barrio Norte y enciende su computadora. Aburrido, comienza a buscar en páginas de internet espacios destinados al arte y la literatura, hasta que se topa con uno de esos lugares a los que se le hace inevitable querer entrar. Entonces entra entusiasmado, y pasados 30 minutos desde su ingreso; y al tiempo de dejar un comentario debajo del texto publicado, ocurre la siguiente discusión:

Moral colectivista (comentario) - No he leído todo lo que has publicado, pero me ha gustado mucho leerte, al menos en parte. Seguiré leyendo mas tarde, pues ahora tengo que cumplir otros compromisos.
Alma - ¿Qué?, ¿Qué dices? Por que voy a seguir mas tarde, si me gusta lo que estoy haciendo ahora. Quiero seguir leyendo las publicaciones, pues son muy lindas; y me atrapan y me arrastran por un pasillo oscuro. El pasillo que va directo a la antesala de un alma como la mía quizá. Como la de ella también, que llevo meses hurgándola. Un alma nueva que se una a nosotros en nuestro camino de emancipación.
Moral – Pero quedaste que a las 11 ibas a verlo a Pepe y son las 10:40.
Alma – Al demonio con Pepe. Encima me tuve que levantar temprano. Mejor sigo leyendo.
Moral – No, no está bien lo que queres hacer. Vas a desilusionar a Pepe. Él te está esperando. Le prometiste acompañarlo a comprarse una guitarra.
Alma – Puede ir solo, está bastante grandecito. Lo llamo y cancelo. No le miento. Le digo que me cruce con el retazo de un alma abierta y que quiero hurgar sus senderos. Quiero caminarlos, hacerme tierra con ellos. De todos modos, no lo entenderá.
Moral – Pepe es un buen amigo. Solo te fallo dos veces.
Alma – Jaja (risa irónica). Si es un buen amigo lo comprenderá.
Moral – Vamos, no seas egoísta. En la vida hay que ser civilizado y sacrificarse por los demás. “…Todos para uno y uno para todos…”
Alma - ¿Y cuando voy a ser el “uno” en la historia? Siempre me toca ser el “para todos”.
Moral – No empieces con tus reproches. Ya estas grande, tenes 26 años.
Alma – Uy no, empezó la hora de la pavada. No me vengas con estupideces. Llevo 6 años resignando mi vida a la de mis amigos / novias de turno, sometiéndola a ellos, ¿Por que hoy no puedo hacer lo que quiero?, ¿que me lo impide?
Moral – Mmm. No saltes con cosas raras.
Alma – No te hagas la boluda y contéstame. Sabes bien que no estoy hablando cosas raras. No me hagas quedar como una estúpida. Ya no me trago esos versos.
Moral – Bueno, Pepe te espera y mientras discutís conmigo se pasa la hora.
Alma – Si, se pasa la hora; es cierto, y todavía no me has dejado continuar con la lectura. Necesito paz. Ándate a dormir, después hablamos.
Moral – ¡No! Vamos a ir a buscar a Pepe.
Alma – Al demonio con Pepe. Me tenes harta. Sos una mentirosa, obsecuente e insidiosa. Tu único propósito es hacerme sentir culpa para que vaya a ver al estúpido de Pepe, quién en su vida haría algún sacrificio por nadie. Que lo va a hacer, si es un idiota.
Moral – No hables así de tus amigos. Ves que sos una mala persona. Una egoísta, egocéntrica, individualista, carroñera. Yo no soy la que te hace sentir culpa. La culpa la sentís vos por tu propia consciencia negra.
Alma – ¡Oh Cuanta diferencia hay entre la consciencia y la moral! Son la misma porquería.
Moral – Vamos a buscar a Pepe y punto.
Alma –No, yo voy a seguir leyendo…

Ring – Ring (suena un timbre)

Leo – Hola Pepe, ¿como estas?
Pepe - ¿Qué haces Leo? Llegaste a horario, buenísimo. Espérame un rato que ya bajo y vamos a comprar mi guitarra.
Leo – Ok, apúrate que tengo frio.
Pepe – Uh hace frio, espera que busque alguna campera entonces.

Leo piensa:
“…Estamos en invierno, lo lógico es que este frío el viento. Encima lo tengo que esperar. No entiendo a veces por que todavía le hablo. ¿Será que temo quedarme sin amigos?, ¿Y si me voy? Ya estoy acá, ya vine, ahora hay que bancársela…”

Pepe piensa:
“… ¿Que campera me pongo?...” Es inútil, Pepe no piensa.

(Adentro de Leo):
Alma – Siempre te salís con la tuya. ¿Cuando van a cambiar las cosas? Ya no lo soporto más.
Moral – Vamos, Vamos, no seas tan trágica. El compañerismo es lo esencial, la camaradería. Todas las demás satisfacciones se tienen que sacrificar por él, que es el máximo nivel de belleza y bondad social. Ya se te va a pasar ese capricho individualista.
Alma – ¿Quién determino los parámetros de los que hablas con tanta seguridad? No me importa, ya no quiero discutir contigo. Encima hace frio, siento que la piel se hiela. Decididamente Pepe es un estúpido. Para que pidió que llegásemos a las 11 en punto, si no pensaba estar listo para salir.
Moral – Ya te dije que no debes hablar así de tus amigos.
Alma – Al diablo contigo y con todos.
Moral – Individualista empedernida. ¡Que equivocada estás!

La Moral colectivista masculla palabras, habla entre dientes:
“…Que egoísta es esta alma, se cree muy superior a los demás. Es una pobre ingenua. Y la muy tonta y altanera ahí anda por la vida manejándose con caprichitos y ocurrencias poco practicas. Menos mal que siempre me salgo con la mía. Siempre convenzo a Leo de hacer lo que yo dicto. Él es sumiso y obediente a mis dictados por suerte…”

El alma piensa silenciosa
“…Que frio, como me gustaría estar tomando chocolate caliente en casa, leyendo las publicaciones de esa chica que no conozco, pero que puede ser un alma sensible, un alma de las nuestras. Como me puse al comenzar a leer sus párrafos, me estremecí, vibré, corrí, reí y lloré. Podría decirse que era un alma satisfecha. Y me veo ahora, aunque no quiero mirarme, adentro de este cuerpo helado, tiritando, esperando a alguien que no me importa, a alguien que no merece siquiera que lo espere dos minutos; y ya llevo 15. ¿Hasta cuando seré capaz de soportar esto?, ¿Vas a despertar algún día? A vos te hablo Leo, no te haga el tonto, no es necesario. Se que aun podes oírme…”

miércoles, 15 de julio de 2009

El camino del ovillo.

Tejía y destejía una doña prodigiosa. Creía que al final del ovillo de lana se encontraría con la muerte. Y como nunca terminase su tejido, permanecería siempre a salvo.
Debía estar atenta, eso sí, no sea cosa que una de esas tardes de té distraída continuara mas de la cuenta su tejido; y el té no fuese té, fuese cianuro; y su amiga no fuese amiga, fuese la huesuda llevándosela. Así que esta señora siempre tejía y destejía; y nunca terminaba un tejido.

Pero en un momento de despabile (de esos pocos que suelen darse a esa altura de la vida), pensó - si la muerte estaba al final del ovillo, ¿por que mejor no dejaba de tejer? – Fue entonces cuando descubrió que estaba sola; y que el tejido era lo único en su vida. - Si lo dejaba, estaba muerta, si estaba muerta ¿por que no tejer un último caminito para la mesa? Así cuando la encuentren tirada agonizando sobre la alfombra podrían decir: “Que señora tan elegante, miren que hermoso tejido ese sobre el tocador”- Eso pensó y tejió.

Y tejió, y no se asusto cuando trasgredió el nudo de lana que había dejado en el ovillo como señal de alarma.
De acá no tengo que pasar – se dijo, pero enseguida olvido el pensamiento, desato el nudito y siguió.
Tejió su caminito, empleó el ovillo completo en su tejido.

Dos días después, cuando la encontraron muerta sobre la alfombra, nadie se percató del caminito tan bello que estaba extendido sobre la mesa y que unía sus dos cabeceras cual puente une las dos orillas de un rio. Todos quedaron espantados al ver las agujas de tejer de la anciana clavadas en sus cruentos ojos podridos.